Capítulo II
En que se disputa cómo uno, teniendo buena opinión de las cosas, puede ser
incontinente
Ha dicho en el capítulo pasado que el disoluto no obra conforme a uso de
razón, pues entiende al revés de lo que obra, sobre esto mueve una dificultad,
y prueba que se puede obrar mal sin ignorancia, por ser uno de ánimo flojo en
resistir, y después pone la diferencia entre el continente y el templado, que consiste en la fuerza y rigor de los afectos, los cuales en el templado son moderados, y
fuertes en el continente.
Preguntará alguno por ventura cómo se compadece, que uno sienta bien de las
cosas, y con todo eso sea incontinente; a esto responden algunos que el que tiene
sciencia de las cosas no puede ser incontinente, porque sería cosa ajena de razón
y fuerte (como Sócrates decía) que estando presente la sciencia otra alguna cosa
venciese, y llevase al hombre tras sí forzado como esclavo. Porque Sócrates muy
de veras argumentaba contra la razón, quiriendo probar que no había incontinencia,
porque no había ninguno que a sabiendas obrase al revés de lo que era mejor, sino
por ignorancias. Esta razón pues, es contra lo que se vee por experiencia. Y así
conviene disputar deste afecto, si por ignorancia acaece, qué manera es esta de
ignorancia. Cosa, pues, es cierta y manifiesta que el incontinente, antes de caer en
su incontinencia, tiene por cierto que hacer aquello tal que después hace, no es cosa
que conviene. Pero hay algunos que parte desto conceden, y parte dello niegan,
porque confiesan no haber cosa más poderosa que la sciencia, pero que haya alguno
que obre al revés de lo que entiende ser mejor, esto es lo que niegan. Y por esto
dicen que el incontinente, por no tener sciencia sino opinión, es vencido de los
deleites. Pero si opinión es y no sciencia la que tiene, y el parecer en contrario no
es fuerte sino flaco y remiso, como acontece a los que están en duda, será este tal
digno de perdón por no perseverar en ellas contra los fuertes deseos. Pero la maldad
no es cosa digna de perdón, ni cualquier otra cosa de las que se reprenden. Diremos,
pues, que las hace resistiendo en contrario la prudencia, porque ésta también es muy
poderosa. Pero esto también es cosa ajena de razón, porque sería uno juntamente
prudente y incontinente, y ninguno habrá que diga ser de hombre prudente hacer
voluntariamente las cosas que son malas. A más desto, ya está arriba demostrado
que la prudencia es virtud activa, porque el prudente consiste en las cosas últimas, y
estando ya de todas las demás virtudes adornado. Asimismo, si el ser uno continente
consiste en tener fuertes y malos los deseos, no será el hombre destemplado
continente, ni el continente templado, porque ni el tener fuertes los deseos es de
hombre templado, ni el tenerlos malos; pero conviene que lo sea, porque si los
deseos son buenos, malo es el hábito que los impide y no deja seguirlos, de manera
que no toda continencia será buena; pero si son flacos, y no malos, no son nada
ilustres; ni tampoco, si son malos y remisos, son cosas de tomo. Tampoco es cosa
insigne la mala continencia si en toda opinión hace perseverar a uno, como si le
hace arrimarse a una opinión falsa. Y si de toda opinión la incontinencia aparta,
también habrá alguna incontinencia buena. Como aquel Neoptolemo de Sófocles,
en la tragedia Filoctetes, es digno de alabanza por no haber perseverado en los
consejos que Ulises le había dado, por la pena que sintió de ver que le había
mentido. Asimismo, la razón sofística que miente es una perplejidad, porque los
sofistas, por quererse mostrar poderosos en el disputar, redarguyendo cuando ellos procuran de concluir las cosas fuera de opinión, hacen que aquel tal discurso se
vuelva perplejidad de ánimo, porque está como atado el entendimiento, cuando
no quiere dar crédito a la conclusión, por no satisfacerle lo que se ha concluido;
y pasar adelante no puede, por no saber cómo ha de satisfacer al argumento. Hay,
pues, una razón por donde parece que la imprudencia, junto con la incontinencia,
será virtud, porque este tal, por su incontinencia, hará al revés de como entiende, y
pues cree ser lo bueno malo y cosa que no conviene que se haga, hará lo que bueno
sea, y no lo que fuere malo. Asimismo, el que por persuasión de otro hace y procura
las cosas de deleite, y las escoge, parece que será mejor que no el que no las hace
por discurso de razón, sino por incontinencia. Porque aquel tal más fácilmente
se puede remediar, si hay quien lo persuada lo contrario. Pero al incontinente
cuádrale aquel vulgar proverbio que decimos: ¿qué necesidad tiene de beber el que
le da la agua a la garganta? Porque si no estuviese desengañado de lo que hace
cuando le persuaden al contrario, cesaría; pero teniendo entendido lo contrario, con
todo eso no menos lo hace. A más desto, si en todas las cosas hay incontinencia
y continencia, ¿cuál diremos que es el verdaderamente incontinente? Porque no
hay ninguno que caiga en todas las incontinencias; y decimos que hay algunas
que lo son de veras. Estas dificultades, pues, se ofrecen, de las cuales algunas
conviene desatar, y con las demás no hay que tener cuenta, porque el soltar la
duda es el hallar la verdad.












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