Capítulo III

Capítulo III
De cómo acontece ser uno incontinente, entendiendo ser malo lo que hace
En el capítulo pasado ha propuesto ciertas cuistiones curiosas y contemplativas
que se ofrecen disputar en esta materia de la continencia, y ha dicho cómo unas
es bien tratarlas, y otras son de tan poco momento, que es mejor dejarlas. Agora
disputa la cuestión primera, si es posible que uno sea incontinente entendiendo
lo que hace. Después disputa en qué géneros de cosas se dice uno continente o
incontinente. Terceramente, sí es todo uno o son cosas diversas continencia o
perseverancia. Todas estas cuestiones son contemplativas y curiosas, pero para el
fin de la felicidad no importan mucho.
Primeramente, pues, habemos de disputar si obran los incontinentes entendiendo
lo que hacen, o si no entendiendo; y si entendiendo, de qué manera lo entienden.
Tras desto, en qué genero o calidades de cosas habemos de decir que consisten
el incontinente y el continente; quiero decir si en todo regalo y en todo género
de pesadumbre, o particularmente en algunas. Terceramente, si el continente y
el perseverante son una misma cosa, o son diversos. Y de la misma manera de
todas las demás cosas que son anexas a esta consideración. Es, pues, el principio
de nuestra disputa, si por ventura consiste el ser uno continente o incontinente en ejercitarse en tales o tales cosas, o en ejercitarse de tal o tal manera. Quiero decir, si
por ventura viene uno a ser incontinente sólo por ejercitarse en tal manera de cosas,
o no, sino por lo uno y por lo otro. Tras desto, si por ventura la incontinencia y la
continencia consisten en todas las cosas o no, porque el que del todo es incontinente,
no se ejercita en todo género de cosas, sino en aquellas mismas que el disoluto.
Ni tampoco se dice incontinente sólo por tratarlas, sea de cualquiera manera
(porque sería lo mismo la incontinencia que la disolución), sino por tratarse en
ellas de tal particular manera, porque el disoluto déjase vencer de los pasatiempos
voluntariamente, pareciéndole que es cosa que conviene siempre gozar de la
presente dulzura; pero el incontinente no le parece que es bien hacerlo, y con todo
eso lo hace. Para lo que toca, pues, a nuestra razón, todo es uno decir que tienen
opinión verdadera de aquellas cosas en que son incontinentes, o que tienen sciencia,
porque algunos que tienen opiniones, no dudan dellas, sino que les parece que
lo entienden muy bien y por el cabo. Pues si por creer más, remisamente los que
tienen las opiniones que los que tienen sciencia, obran al revés de como entienden,
no habría diferencia de la sciencia a la opinión, porque algunos no menos crédito
dan a las opiniones que tienen, que otros a las cosas que saben, como Heráclito lo
dice claramente. Pero porque saber una cosa se dice de dos maneras, porque el que
entiende la sciencia, aunque no use della, se dice que la sabe, y también el que se
sirve della, habrá diferencia del entender y no considerar, y no considerando hacer
lo que no conviene, al entenderlo y considerarlo. Porque hacer lo que no conviene,
entendiéndolo y considerándolo, parece cosa fuerte y ajena de razón, pero no si
lo hace no considerándolo. Asimismo, pues hay dos maneras de proposiciones,
bien puede acaecer que, aunque uno las tenga ambas, obre al revés de aquella
sciencia, no serviéndose sino de la general y no de la que se toma en parte; porque
las cosas particulares son las que se ponen por obra. Hay también diferencia desto a
lo universal, porque lo universal en el mismo que dice se está; pero lo particular en
la misma cosa. Es proposición universal, como si dijésemos agora: a todo hombre
le es útil la vianda enjuta; y particular, como si dijésemos: este es hombre; o tal o
tal vianda es enjuta. Pero si esto es tal o tal, o no lo sabe o, en realidad de verdad,
no lo advierte. Entre estas dos maneras hay tanta diferencia, que entenderlo de
una manera no causa admiración ninguna, y de la otra sería cosa de admiración
que acaeciese. Asimismo el tener una sciencia los hombres se dice de otra manera
fuera de las que habemos dicho, porque en aquellos que entienden una sciencia
y no se sirven della, vemos en el tal hábito dos diversidades, tanto que en alguna
manera se puede decir que la tienen y que no la tienen, como el que duerme, y el
que está furioso, y también el que está borracho. Desta misma manera, pues, están
dispuestos los que están puestos en afectos, porque las iras, enojos y los deseos
y concupiscencias de la carne, y las cosas deste jaez, manifiestamente alteran los
cuerpos, y aun en algunos causan furias. Es, pues, cosa clara que los incontinentes habemos de decir ser a éstos semejantes. Pero el saber uno bien proponer las
razones de una sciencia, no es bastante señal para creer que obrará bien conforme
a aquella sciencia, porque aun estos mismos, cuando están en semejantes afectos
puestos, hacen demostraciones y citan versos de Empédocles. Y los que ahora, de
principio, comienzan de aprender, conciertan bien cierto las razones, pero aún no
las entienden, porque han de arraigarse bien en el entendimiento, y para esto es
menester tiempo. Habemos, pues, de entender que así como los que representan
recitan ajenos pareceres, así también los incontinentes las razones de los otros. Podrá
también uno en esto la causa considerar naturalmente, porque una opinión universal
y otra de, cosas particulares, de las cuales ya juzga el sentido solamente, cuando
destas dos, pues, una razón se compusiere, de necesidad, en lo contemplativo, ha
de afirmar el alma ser así, y en lo activo ponello luego por obra, como, si conviene
gustar todo lo dulce, y esto es una de las cosas dulces, de necesidad el que pudiere,
y nadie se lo estorbare, lo pondrá por obra juntamente. Pues cuando hobiere una
opinión universal que prohíba el gustarlo, y otra que diga que toda cosa dulce es
suave, y que ésta es cosa dulce, y es ésta la que manda por ser acaso tal el deseo,
la una le dice: desto has de huir, y la otra, que es el deseo, le mueve a que lo siga,
porque bien puede mover por sí cada una de las partes del alma. De manera, que
en alguna manera podemos decir que acaece hacerse uno, por la razón y opinión,
incontinente, no siendo ellas por sí mismas sino accidentariamente, porque el deseo
es el que es contrario a la recta razón, y no la opinión. Y por esto los fieros animales
no se llaman incontinentes, porque no tienen opinión universal, sino representación
y memoria de las cosas singulares. Cómo, pues, se suelte la ignorancia y torne a
ser sabio el destemplado, es la misma razón que del borracho y del dormido, y
no es propria deste afecto, la cual razón habémosla de entender de los que tratan
la fisiología y naturaleza, de las cosas. Y, pues la última proposición es opinión
del sentido y propria de los negocios, esta tal, el que en afecto de intemperancia
puesto está, o no la tiene, o de tal suerte la tiene, como si aquel su tener no fuese
saberla, sino decirla solamente, como el borracho versos de Empédocles recita, y
porque el término menor, ni es universal, ni parece pertenecer a la sciencia, como el
universal. Y así parece que acaece lo que Sócrates inquiría, porque la intemperancia
no parece que acaece estando presente la que es propria y verdaderasciencia, ni
esta tal sciencia se turba con este tal afecto, sino la que consiste en el sentido. De la
cuestión, pues, si el intemperante obra sabiendo lo que hace, o si no, y si sabiendo,
de qué manera sabiendo, baste lo tratado.
El engerir Aristóteles las reglas de lógica con la materia moral, me fuerza a que lo
que los ignorantes en lógica no entenderán, lo declare brevemente. Consta, pues un
discurso de razón, que llaman silogismo, de dos proposiciones y una conclusión que
de ellas se colige. Ya la más general y que comprende más universales sentencias,
llámala Aristóteles primera proposición y primer término, y a la que ya particulariza, postrera proposición y postrer término, como si decimos: con cualquier bueno y
virtuoso es bien tomar amistad, y pues éste es bueno y virtuoso, bien será tomes
amistad con él; aquella sentencia general es primera proposición, la otra que ya
particulariza y dice que éste es tal, es la última proposición, y de ambas se colige la
conclusión, que conviene tomar amistad con aquel tal. Pocas veces, pues, se hierran
las consultas por falta de aquellas primeras proposiciones generales, porque no son
muchas, y como hablan en general déjanse entender, pero acerca del particularizar
suele haber engaño, y por esto dice bien Aristóteles que saber las proposiciones
generales, y no particular no es saber perfecto.

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