Capítulo IX

Capítulo IX
En qué se parecen y en qué difieren el continente y el terco o porfiado
Averiguado está que todo continente es constante, aunque difieren en el respecto
el continente y el constante. Pero porque hay personas que en lo que no va conforme
a razón, suelen ser tan porfiadas que antes les quitarán las vidas que les desarraiguen
la persuasión, a los cuales solemos llamar tercos, o arrimados, o porfiados, pone
aquí Aristóteles la diferencia que hay entre el porfiado y el constante, que el
constante está firme en lo que le persuadió la buena razón, y el porfiado en lo que
le dictó su imaginación. Y así, el constante sabe dar razón de su parecer, pero el
porfiado no otra sino porque sí y porque no. Y así, semejante vicio dice Aristóteles
ser proprio de hombres groseros, rudos y faltos de doctrina, y especialmente si con
todas estas faltas están puestos en señorío, son intolerables, porque quieren con
su poder ejecutar sus imaginaciones y que sea lo que a ellos les parece, aunque dé
voces contra ellos la razón. Lo cual, vemos claramente en los desventurados que
siguen la secta mahometana, que por nuestros pecados ha tanto ya que dura, que
por su rudeza y ignorancia dan crédito firme a cosas más desvariadas que sueños
de enfermos, y mueren por ellas y las defienden con la defensión no humana, que
es la buena razón, que con ésta no se pueden defender desvaríos y torpedades
semejantes, sino con la defensión bestial, que es la de las armas, con que cualquier
cosa mala puede defenderse.
¿Es verdad, pues, que cualquiera que en cualquiera razón y en cualquiera
deliberación persevera es continente, o el que en la buena? ¿Y diremos que es
incontinente cualquiera que no persevera en cualquiera manera de deliberación
y de razón? ¿O el que persevera en falsa razón y no buena deliberación, como
arriba lo dudamos? ¿O diremos que, accidentariamente, el continente persevera en
cualquiera manera de deliberación y de razón, pero cuanto a su proprio parecer en
la verdadera razón y buena elección y, por el contrario, el incontinente? Porque
si uno escoge o procura tal cosa por respecto de tal, aquello por cuyo respecto
la procura y la escoge, por sí mismo lo procura y escoge; pero lo otro no, sino
accidentariamente, porque aquello decimos absolutamente tal, que es por sí mismo
tal. De manera que puede acontecer que en cualquiera manera de parecer el
continente esté firme y el incontinente vacile, pero absolutamente se dice tal el que
lo hace en el verdadero parecer. Hay, pues, algunos que perseveran firme mente
en su propósito, y hay otros, que vulgarmente los llaman arrimados a su proprio
parecer, o porfiados, como gentes que dificultosamente creen, ni fácilmente se
pueden mudar de su proprio parecer, los cuales parecen en algo al continente, de
la misma manera que el pródigo al liberal, y el atrevido al que es osado; pero en
muchas cosas son muy diferentes. Porque el continente no se derriba de su parecer
por ningún afecto ni codicia (pues cuando conviniere escuchará razón y se dejará persuadir), pero el arrimado no deja su parecer por razón ninguna; pero deseos
admítenlos y muchos dellos se dejan vencer de los deleites. Son, pues, arrimados
o porfiados los que siguen su proprio parecer, y los que son faltos de doctrina, y
los hombres rústicos. Y los que siguen su proprio parecer, hácenlo o por deleite
o por molestia, porque se huelgan mucho cuando salen con su intención, si ya
después no vienen a desengañarse, y se entristecen si no sale en efecto lo que
ellos porfían, como si fuese ordinación. De manera que estos tales más semejantes
son al incontinente que no al continente. Otros hay que no perseveran en lo que
deliberaron, y no por eso son incontinentes, como aquel Neoptolemo, en la tragedia
de Sófocles, llamada Filoctectes, no perseveró en lo que había deliberado, y esto
por deleite, pero por deleite honesto; y Ulises habíale persuadido a que mintiese.
Porque no todos los que por deleite hacen alguna cosa son disolutos, ni malos, ni
incontinentes, sino los que lo hacen por deleites deshonestos. Y, pues, hay alguno
de tal condición que se huelga menos de lo que conviene con las cosas corporales,
y tal como éste no persevera en la razón, el continente será medio entre este tal y
el incontinente. Porque el incontinente no persevera en la razón por alguna cosa
demasiada, y estotro por alguna cosa de defecto; pero el continente persevera y no
muda de parecer por otra cosa. Pues si la continencia cosa honesta y virtuosa es,
de necesidad ambos a dos hábitos contrarios han de ser malos, como en realidad de
verdad lo parecen ser. Pero por cuanto el que consista en defecto en pocos hombres
y raras veces se halla; así como la templanza solamente parece contraria de la
disolución, de la misma manera la continencia parece tener solamente por contraria
a la incontinencia. Pero como muchas cosas se dicen tales `por alguna similitud,
la continencia del templado también se dice continencia porque, así el continente
como el templado, se dicen ser tales por no hacer cosa alguna fuera de 1a buena
razón, en lo que toca a los deleites corporales. Pero el continente hácelo teniendo
malos deseos, y el templado no teniéndolos. Y el templado es de tal condición,
que no le da gusto el hacer las cosas fuera de razón; pero el continente halla
deleite en ello, pero no se deja vencer. Son asimismo semejantes el disoluto y
el incontinente, aunque son diversos, porque el uno y el otro siguen los deleites
corporales, pero el disoluto síguelos persuadido que conviene seguirlos, mas el
incontinente no persuadido.

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