Capítulo V

Capítulo V
Cómo en las cosas que de su propria naturaleza no son suaves, no se dice
absolutamente la incontinencia, sino otra que se llama así por cierta manera de
metáfora
Por continuación de vicios y falta de doctrina vienen los hombres a olvidarse
tanto de quién son y del parentesco que tienen con Dios de donde salieron, que se
vienen a tornar bestias, como nuestro celestial poeta lírico lo canta, y aún vienen a
hacer cosas que en realidad de verdad las bestias no las harían, como algunos que
se encarnizan tanto en la venganza, que abren las entrañas del que quieren mal y le
beben la sangre del corazón, no como lo hace el lobo o la comadreja por matar la
hambre natural, sino por un endemoniado odio que dentro del alma tienen recocido.
Otros toman gusto de ver atarse unos con otros, como lo hacían los romanos; en las
fiestas que llamaban de los gladiatores en su lengua, dignos de ser a lo menos en
esto gravemente reprendidos, de que gustasen de ver perecer su propria naturaleza
allí miserablemente. Otros, dejadas las viandas naturales que Dios crió para el
mantenimiento del hombre, se dan a comer carnes de su propria naturaleza, lo que
ni aun las bestias crueles no lo hacen (porque el león come de un becerro o de un
corzo, mas no de otro león, ni el lobo de otro lobo, ni el perro de otro perro) como
lo hacen los caníbales en las Indias, y otras no sólo bárbaras, pero aún bestiales
naciones. Otros, dejando el uso natural del macho con la hembra, se dan a bestiales
deleites de machos con machos, lo cual ser de extrema malicia lo afirma San Pablo
en la epístola que escribe a los Romanos. El abstenerse, pues, de tales brutalidades
dice Aristóteles que no se ha de llamar continencia, ni caer en ellas incontinencia,
sino por manera de metáfora, sino que su proprio nombre es bestialidad o
brutalidad.
Pero por cuanto hay algunas cosas de su propria naturaleza suaves, y déstas unas
sencillamente suaves, y otras particularmente para algún género, así de animales
como de hombres, y otras cosas hay que de su naturaleza no son suaves, sino que
o por tener el seso lisiado, o por estar habituados a malas costumbres, o por ser de
mala naturaleza de condición, las tienen algunos por suaves, en cada una déstas se puede hallar hábitos semejantes, digo hábitos y condiciones bestiales, como la
de aquella mujer que dice que gustaba de abrir por medio las mujeres preñadas y
comérseles las criaturas que llevaban en el vientre como son las cosas, de que dicen
que gustan algunas gentes crueles que viven cerca del Ponto Euxinio, de los cuales
unos comen las carnes crudas, otros humanas, otros por hacerse mucha fiesta se dan
los unos a los otros sus proprios hijos a comer en los convites; o como lo que de
aquel tirano Falaris se escribe. Tales cosas, pues, como éstas, son bestiales. Otras
cosas acaecen a otros por algunas enfermedades, o por furia de cabeza, como aquel
que ofreció a su propria madre en sacrificio y después se la comió, o el otro siervo
que se comió los hígados de otro compañero suyo. Otros hábitos malos hay que
proceden de enfermedades o de mala costumbre, como el arrancarse los cabellos o
comerse las uñas, o comer carbones o tierra; asimismo el ajuntamiento de machos
con machos. Porque estos tales vicios a unos les suceden por naturaleza, y a otros
por costumbre, por haberse mal acostumbrado dende niños. Aquellos, pues, que
tales cosas hacen por su mala naturaleza, ninguno cierto dirá que son incontinentes;
de la misma manera que a las mujeres nadie las llamará continentes, porque en el
carnal ajuntamiento no obren, pues es su naturaleza recebir. Ni tampoco aquellos
que por mal hábito están ya como enfermos en aquello, porque el tener cada cosa
destas ya excede los límites de la maldad o vicio, como la misma brutalidad. Y
el que tales cosas tiene como éstas, vencer o ser vencido en ellas no se ha de
decir absolutamente incontinencia, sino por cierta semejanza, como el que en lo
que toca a la saña tiene semejante manera de afecto, no se llama absolutamente
incontinente. Porque todo vicio que excede, y toda imprudencia, y toda cobardía,
y toda disolución, y toda terriblez de condición, o procede de brutalidad, o de mal
temperamento de cuerpo. Porque el que de su naturaleza es de tal condición, que
de toda cosa tiembla aunque no sea sino de un chillido de ratón, es cobarde de una
brutal cobardía. Otro había que de una enfermedad le había quedado este vicio,
que tenía temor de una comadreja. Y entre los imprudentes, los que de su natural
condición son ajenos de toda buena razón, y que sólo se rigen por el sentido, son
brutales, como algunas naciones de aquellos bárbaros que vienen lejos de nosotros,
pero los que son tales por algunas enfermedades, como son la epilepsia o mal de
corazón, o la furia, son enfermizos. Acontece, pues, algunas veces que alguno
solamente tenga semejante manera de afectos, pero que no sea vencido dellos,
como si dijésemos agora que Falaris se abstuviese del deseo de comerse algún
mochacho, o de algún brutal deleite en lo que toca a la carnal concupisciencia.
Otras veces acaece que no sólo, lo tienen, pero aún son vencidos dél. De la misma
manera, pues, que vicio absolutamente dicho se entiende de aquel que no excede
los límites humanos, y cualquier otro se dice, con aditamento, vicio bestial o de
enfermedad, pero, así absolutamente, no se dice vicio: está claro que de la misma
manera la incontinencia, absolutamente dicha, sola aquella es que se emplea en lo mismo que la disolución humana, y que la otra se dirá incontinencia brutal o de
enfermedad. Entendido, pues, está cómo la incontinencia y la continencia consisten
solamente en las mismas cosas en que la disolución y la intemperancia, y que en
las demás cosas es otra manera de incontinencia que se dice así, no absolutamente,
sino por una manera de metáfora.

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