Capítulo VII
De la amistad que consiste en exceso
Ha tratado de la amistad igual; agora viene a tratar de la amistad que se atraviesa
entre personas superiores y inferiores en la dignidad, como entre padres y hijos,
señores y súbditos, patrones y ahijados; por lo cual la llama amistad que consiste
en exceso, y en la cual no procede lo mismo de los unos para los otros, que de
los otros para los otros; la conservación desta amistad dice que consiste en que
entienda cada uno dellos las cosas que de su parte ha de hacer para conservarla y
las ponga por obra. Como el hijo al padre, la mujer al marido, el súbdito al señor,
le debe obediencia, fidelidad y amor, y el padre al hijo mantenimiento de alma
y de cuerpo, y el señor al súbdito conservación de sus cosas en paz y sosiego, y otras muchas cosas que sería largo recitarlas de una en una. Pues cuando de ambas
partes se guarda lo que se debe, dura y resplandece mucho esta amistad. Pero si por
alguna dellas quiebra, muchos escándalos se ofrecen.
Mas hay otra especie de amistad, que consiste en exceso, como entre el padre y
el hijo, y, generalmente, entre el más anciano y el más mozo, entre el marido y la
mujer, y entre cualquiera que manda y el que le es subjecto. Estas dos especies de
amistad difieren entre sí la una de la otra, porque no es la misma el amistad que los
padres tienen con los hijos que la que los señores con los súbditos, ni tampoco es la
misma la que tiene el padre con el hijo que la que el hijo con el padre, ni la que el
marido con la mujer que la que la mujer con el marido, porque la virtud y oficio de
cada uno déstos es diverso, y también lo son las cosas por las cuales se quieren bien
los unos a los otros, y por la misma razón lo serán las voluntades y amistades. No
procede, pues, lo mismo del uno para el otro que del otro para el otro, ni tampoco
se requiere que proceda; pero cuando los hijos hacen los cumplimientos con sus
padres que deben hacer con quien los engendró, y los padres hacen por sus hijos lo
que tienen obligación de hacer por ellos, el amistad dentre ellos es durable y buena.
Y, a proporción desto, en todas las demás amistades que consisten en exceso, ha
de ser la voluntad desta manera: que el superior sea más amado que no ame, y el
más útil, y cada uno de los demás de la misma manera. Porque cuando la voluntad
conforma con la dignidad, entonces, en alguna manera, se halla la igualdad, lo cual
parece ser proprio de la amistad. Pero lo igual no es de la misma manera en las cosas
justas que en el amistad, porque en las cosas justas, aquello parece principalmente
ser justo, que se distribuye conforme a la dignidad de cada uno, y tras desto lo
que consiste en cantidad. Pero en el amistad, al revés, aquello es principalmente
justo, que consiste en cantidad, y tras desto lo que consiste en dignidad, por lo
cual se vee claro si del uno al otro hay gran distancia en virtud, o en el vicio, o en
la prosperidad de la fortuna, o en alguna otra cosa; porque de allí adelante ni son
amigos, ni se precian de serlo, lo cual se vee claramente en los dioses, porque éstos
exceden muy mucho en todo género de bienes. Véese también claramente en los
reyes, de los cuales los que son muy inferiores en dignidad no se tienen por dignos
de ser amigos, ni menos de los que son muy buenos y muy sabios los que de ningún
valor ni precio son. En estos tales, pues, no se puede poner cierto término hasta el
cual hayan de llegar los que les han de ser amigos, porque aunque falten muchas
cosas, no por eso se pierde el amistad; pero si es mucha la distancia, como es la de
Dios al hombre, ya no permanece. Y por esto, se duda si es verdad que los amigos
desean a sus amigos los mayores bienes, como es agora verlos hechos dioses,
porque ya no les serían más amigos, y por la misma razón ni bienes para ellos,
porque los amigos bienes son para el amigo. Pues si es verdad lo que se, dijo, que
el amigo ha de desear el bien al amigo por causa del mismo amigo, conviene que
el amigo persevere en el mismo estado que el otro amigo esté, y así le deseará los bienes que a un hombre le pueden suceder más aventajados, y aun por ventura no
todos, porque cada uno quiere más los bienes para sí.
Si Aristóteles hobiera gustado del amor de Dios y hobiera alcanzado el Evangelio,
por cierto tengo yo no escribiera lo que en este capítulo escribió de la amistad de
Dios, ni dijera que lo más alto en dignidad es más amado que ama. Acontece ello,
cierto, así acá bajo entre nosotros por nuestra miseria y por el amor demasiado que
a nosotros mismos nos tenemos, que el que más ha menester a otro le ama más,
o a lo menos lo finge por su necesidad, y aquel que le parece que muchos lo han
menester, casi hace adorarse, y muestra hacer poco caso y tener poca cuenta con
aquellos que tienen dél necesidad. Pero en Dios y en las criaturas celestes no es así,
sino que así como Dios es infinito en perfeción, así es infinito el amor que tiene a
sus criaturas, lo cual se echa bien de ver en las inefables mercedes que tiene hechas
a los hombres y nos hace cada día. Y entre las criaturas celestiales (como escribe
Dionisio en el libro de la celestial jerarquía), los que de más alto grado son, como
los serafines, tienen más ardiente el afecto del amor. De manera que, en parte, es
verdad lo que Aristóteles dice que lo más perfeto es más digno de ser amado, y en
parte es mentira, en decir que lo que más perfeto es ha de amar menos, porque el
amar es afecto de la bondad, y así, do mayor bondad hay, allí ha de haber mayor
amor. Y si un hombre puesto en señorío estuviese persuadido ser verdad esto que
aquí Aristóteles escribe (como en realidad de verdad lo están algunos), ¿qué cosas
les vernían a su deseo, en lo que toca a ajenas honestidades y intereses, que no le
pareciese estarle bien, considerada su dignidad, ejecutarlas? De lo cual cuánto mal
vendría a la república y cuán de veras se desataría esta excesiva amistad de que
aquí trata, cualquier prudente lo entiende. Y así, en esto no se ha de dar crédito al
filósofo, que habló como hombre.












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