Capítulo VIII
En qué difieren el disoluto y el incontinente
Ya que ha declarado Aristóteles cómo el disoluto y el incontinente consisten
en una misma manera de ejercicios y deleites, pero el uno por elección y el otro
por perturbación, compara agora estos dos géneros de afectos entre sí, y muestra
cuán más malo es ser uno disoluto que ser incontinente. Porque el disoluto yerra
en los principios y está persuadido que no hay otro bien sino el vivir sensualmente,
y que los que no gozan de aquello no saben qué cosa es vivir, y como cuenta
Macrobio de la disolución de Julia, hija del emperador Augusto, y por esto ni tiene
arrepentimiento ni remedio, mientras no se desengañare. Pero el incontinente,
como no se mueve por elección, sino por perturbación, pasada aquélla reconócese,
y reprueba aquel hecho y lo aborrece, y tiene remedio con abstinencias, con
evitar las ocasiones y no ir (como dicen) a ferias, do libre mal en ellas. Así
compara Aristóteles a los incontinentes con los que tienen mal de corazón, que no les toma sino a tiempos, y a los disolutos con los hidrópicos o tísicos, que
llevan el mal a la contina.
El disoluto, pues, como habemos dicho, no es capaz de arrepentimiento, porque
persevera en su deliberación. Pero el incontinente en alguna manera lo es. Por esto
no es así como arriba disputamos, sino que el incontinente es fácil de remediar y
curar, pero el disoluto no tiene medio, porque el vicio de la disolución parece al
mal de hidropesía y a la enfermedad que padecen los que se hacen tísicos; pero la
incontinencia es semejante al mal de corazón. Porque la disolución es mal que dura
a la contina, pero la incontinencia a ciertos tiempos. Y, absolutamente hablando,
es diferente género de mal la incontinencia que no el vicio, porque el vicio no se
conoce, pero la incontinencia conócese. Y de los incontinentes, mejores son los que
sin consideración se mueven, que los que alcanzando razón no perseveran en ella,
porque a éstos menos perturbación los derribará, y no lo hacen sin consideración
como los otros, porque el incontinente es semejante al que fácilmente y con poco
vino se emborracha, o con menos que los que se emborrachan vulgarmente. Consta,
pues, que la incontinencia no es, absolutamente hablando, vicio, sino enalguna
manera por ventura, porque la incontinencia es fuera de elección, pero el vicio es
por elección; pero, en cuanto a las obras, semejantes son como dijo Demodoco
de los milesios: los milesios no son necios, pero hacen lo mismo que los necios.
También los incontinentes no son, cierto, injustos, pero hacen sinjusticias. Pero por
cuanto el incontinente es de tal calidad que sigue los excesivos deleites sensuales, no
por estar persuadido, sino fuera del uso de su razón, pero el disoluto está persuadido
que es cosa que conviene seguirlos; al incontinente puédesele fácilmente persuadir
lo contrario, pero al disoluto no porque la verdad conserva el principio, y el vicio
lo destruye; y en los negocios es el principio aquello por lo cual se tratan, como
en las matemáticas las proposiciones. Porque ni en las matemáticas se demuestran
los principios por razón, ni aquí tampoco, sino que la virtud, o natural o adquirida
por costumbre, es la que enseña, a sentir bien de los principios. El templado, pues,
es el que es tal cual habemos dicho, y el contrario dél es el disoluto. Pero hay otro
que, fuera de la recta razón, le turba el afecto, al cual le vence el afecto hasta tanto
que no obre conforme a recta razón, pero no, le vence de tal manera que venga a
persuadirse que conviene así, a rienda suelta, darse a deleites semejantes; y este tal
es el incontinente, y es mejor que no el disoluto, ni es absolutamente malo porque
se conserva en él lo mejor, que es el principio. Hay también otro contrario déste,
que es el que resiste y no se deja vencer por el afecto. De lo cual se colige que el
hábito deste tal es bueno y el del otro malo.












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