Capítulo VIII
Del amor proprio
Si otra cosa no hobiera buena en Aristóteles sino sólo este capítulo, por sólo éste
a mi parecer era merecedor de ser tenido en mucha estima, tanta es la discreción y
sabiduría que aquí mostró en tratar y distinguir el amor proprio. El cual, fundado en
las cosas exteriores de honras, de intereses, de deleites, es el que estraga al mundo,
el que revuelve los reinos y provincias, el que hace cometer los adulterios y hacer
los homicidios. Por éste el soberbio no admite igual ni puede sufrirlo. Por éste el
codicioso no sabe hacer bien a otro sino con daño del que lo recibe. Por éste el
sensual da fuego en las honras de sus prójimos y vecinos. Por éste muchos hacen
agravios a otros poniéndoles nombre de justicia. Finalmente, no hay daño ninguno
que en vida, en honra, en hacienda a los hombres acaezca, que del querer para
sí lo ilícito el que el tal daño hace no proceda. Deste, pues, trata en este capítulo
Aristóteles y distínguelo muy sabiamente diciendo que de una manera se entiende el
amor proprio, como lo entiende el vulgo cuando dicen de uno que se quiere mucho
a sí mismo, y que en todas las cosas quiere, como dicen comúnmente, la suya sobre
el hito. Y esta manera de amor, en realidad de verdad, no es amor, sino amor falso.
Porque el verdadero amor no sufre que a lo amado le venga mal ninguno, pero
el que las cosas que habemos dicho hace, para sí mismo acarrea el mayor mal,
aunque la ceguedad de su codicia le tapa los ojos del entendimiento para que no
lo vea. De otra manera se entiende el amor proprio como lo entienden los buenos,
que es quererse bien a sí mismos, de tal manera que procuren no les venga ningún
daño de aquellos que ellos entienden ser realmente daños, y así procuran para
sí los verdaderos bienes, que son las perfetas virtudes. Destas dos maneras de
amor proprio, la primera es viciosa y digna de reprensión, y la otra virtuosa
y digna de alabanza.
Pero dúdase si conviene amarse a sí mismo más que a ninguno otro, porque a
los que a sí mismos se quieren mucho todos los vituperan, y como por baldón, les
dicen que están muy enamorados de sí mismos. Parece también que el malo hace
todas las cosas por su proprio respecto, y tanto más de veras cuanto peor es, y todos
se quejan dél como de hombre que no hace cosa sino las que particularmente a él
le tocan. Pero el buen varón hace las cosas por razón de la virtud, y cuanto mejor es, tanto más por causa de la virtud lo hace, y por causa del amigo, y con lo que
particularmente a él toca tiene poca cuenta. Pero destas razones discrepan las obras,
y no fuera de razón. Porque dicen que a aquel amamos más de amor que nos fuere
más amigo, y el que más amigo es, es aquel que, al que quiere bien de veras, le
desea todo bien por respecto dél mismo, aunque ninguno lo supiese. Todas estas
cosas se hallan en cada uno más enteramente en respecto de sí mismo, y todas
las demás con que el amigo se define, porque ya está dicho que deste amor han
procedido todas las demás cosas que pertenecen a la amistad que tenemos con los
otros. Con lo cual concuerdan también los vulgares proverbios, como son: un alma
y un cuerpo; entre los amigos todo es común; el amistad es igualdad; más cercana
es la camisa que el jubón. Porque todas éstas cuadran más particularmente a cada
uno en respecto de sí mismo, porque cada uno es más amigo de sí mismo que de
otro, y así parece que más se ha de amar a sí mismo que a ninguno otro cada uno.
Con razón, pues, se duda a cuáles destas razones habemos de dar crédito, pues
las unas y las otras son probables. Conviene, pues, por ventura, distinguir estas
razones, y determinar hasta cuánto y en qué concluyen bien las unas y las otras. Y
si tomamos el amor proprio como las unas y las otras lo toman y lo entienden, por
ventura se dejará entender bien claramente, porque los que el amor proprio tienen
por cosa mala y digna de reprensión, llaman amigos de sí mismos a los que, en lo
que toca a las honras, a los intereses y a los deleites corporales, toman la mayor
parte para sí. Porque estas tales cosas las apetece el vulgo, y las procura como si
fuesen las mejores, y por esto, acerca dellas, hay muchas contiendas.Los que son,
pues, destas tales cosas codiciosos, complacen mucho a sus deseos, y generalmente
a sus afectos, y a la parte del alma que es ajena de razón. Tales, pues, como éstos
son los hombres vulgares, y así se tomó el nombre de la mayor parte, aunque mala.
Con razón, pues, los que desta manera son amigos de sí mismos, son vituperados. Y
que a estos tales, que en semejantes cosas toman para sí la mayor parte, acostumbre
el vulgo llamarlos amigos de sí mismos, es cosa muy averiguada. Porque si uno
procura de señalarse más que todos en hacer cosas de hombre justo, o de templado,
o de cualquier otro género de virtud, y, generalmente hablando, procura para sí todo
lo honesto, a este, tal ninguno lo llama hombre amigo de sí mismo, ni lo vitupera.
Y este tal más amigo parece de sí mismo que los otros, porque se toma para sí las
más ilustres cosas y mejores, y complace a la parte que más propriamente es suya,
y a ésta en todas las cosas le obedece. Pues así como los que son mejores hacen la
ciudad y no los más ruines, y de la misma manera cualquier otro ajuntamiento, así
también al hombre lo hace la parte mejor dél; pues el que a la mejor parte suya ama
y a aquella complace, aquél parece, más de veras, amigo de sí mismo. Ser, pues,
uno continente o incontinente consiste en gobernarse por el entendimiento, o no
regirse por él, casi dando a entender que cada un hombre es su entendimiento, y
los tales muestran hacer con mucha voluntad las cosas conformes a razón. Cosa es, pues, muy clara y manifiesta que el ser de cada un hombre consiste, señaladamente,
en el entendimiento, y que el buen varón más particularmente ama a éste que
a otra cualquier cosa. Y por esto el buen varón es amigo de sí mismo en otra
diferente especie de amor, de la que vulgarmente es vituperada, y tan diferente
de aquélla, cuanto es el vivir conforme a razón del vivir conforme al afecto y
apetito, y cuánto difiere el apetecer a lo honesto, o lo que parece que conviene,
y a los que los honestos hechos por diversas vías los procuran, todos los aman
y los alaban. Si todos, pues, anduviesen a porfía sobre quién hará más honestas
cosas, y encaminasen sus propósitos a hacer las cosas más ilustres, sucedería que
los mayores bienes serían comúnmente para todos, y también para cada uno en
particular, pues es el mayor de los bienes la virtud. De manera que conviene que
el bueno sea amigo de sí mismo, porque este tal, haciendo cosas buenas, ganará él
para sí y a los demás hará provecho. Pero el malo no conviene que sea amigo de
sí mismo, porque perjudicaría a sí mismo y a los que cerca le estuviesen siguiendo
sus malos afectos. En el malo, pues, discrepan las cosas que se debrían hacer y las
que él hace, pero el bueno, lo que debría hacer, aquello hace, porque todo buen
entendimiento escoge lo que para él es lo mejor, y el buen varón subjétase a su
entendimiento. Verdad es, pues, lo que del bueno se dice: que hace muchas cosas
por amor de sus amigos y por amor de su patria, aunque por ello se ofrezca recebir
la muerte. Porque este tal desprecia intereses y honras, y generalmente todos los
demás bienes por los cuales los hombres llevan contiendas entre sí, y querrá para
sí más lo que es honesto, y escogerá antes un muy gran deleite, aunque le dure
poco, que un deleite largo y debilitado, y preciará más vivir un año honestamente,
que muchos como quiera, y más estimará un hecho ilustre y grande, que muchos
y pequeños. A los que mueren, pues, en ilustres empresas esto por ventura les
acaece. Escogen, pues, para sí el mayor bien y más ilustre. Estos tales, a trueque
que sus amigos medrasen, despreciarían su dinero, porque desto al amigo le viene
provecho, y a ellos lo honesto, y así el mayor bien les toca a ellos. Y lo mismo es
en lo que toca a las honras y a los y cargos públicos, porque todo esto lo querrá
más para su amigo, porque esto le es a él honesto y, digno de alabanza. Con razón,
pues, este tal se muestra ser hombre de bien, pues sobre todo precia más lo honesto.
Acontece también que este tal conceda a su amigo el hacer hechos honestos, y
que esto sea más ilustre cosa que si él mismo los hiciese, el ser él causa que su
amigo los haga. En todas, pues, las cosas dignas de alabanza, parece que el hombre
virtuoso toma para sí la mayor parte de lo honesto. Desta manera, pues, conviene
que los hombres sean amigos de sí mismos, como ya está dicho, pero como lo son
los hombres vulgarmente, no conviene.
En lo que toca a la inmortalidad del alma, y al premio de los buenos y castigo de
los malos, parece que estuvo algo perplejo este filósofo, y no se determinó en el
sí, como Platón, maestro suyo, por donde no mereció como él alcanzar nombre de divino. Lo cual casi quiso dar a entender en el capítulo presente, cuando dijo que
los que mueren en ilustres empresas quieren más un breve contento grande, que un
flaco que mucho dure, casi asignando por premio de una ilustre muerte sólo aquel
contento de ver que muere por hecho muy ilustre. Y así en esto no hay que dalle
crédito, pues nos asegura la ley de Dios de lo contrario.












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