Capítulo X
Cómo no es posible que un mismo hombre sea juntamente prudente y incontinente
Llama el hombre prudentes a los que en lo que toca a las cosas dél, saben de tal
manera regirse y granjear las cosas de sus intereses y pretensiones que les salgan
como ellos desean. Pero esta más se ha de llamar astucia que prudencia, porque la
verdadera prudencia es una de las virtudes, y ninguna virtud tiene compañía con los vicios, pero semejante sagacidad y astucia bien puede hallarse en gente falta
de virtud. Y esta es la prudencia de los prudentes y la sabiduría de los sabios, que
Dios por Esaías, capítulo treinta y tres, tiene amenazada, que ha de destruir. Porque
si prudencia quiere decir providencia en las cosas por venir, ¿cómo son prudentes
los que en el proveer las cosas venideras echan mano de lo que de hora en hora
y de punto en punto lo van dejando, y no es dado cuando ya o es perdido o
se va perdiendo, y se descuidan y tienen en poco aquello, que, so pena de ser
peores que bestias, han de tener por cierto les ha de durar sin tiempo y sin
haber fin eternalmente? Esto es, pues lo que Aristóteles trata en este capítulo, y
prueba que ningún incontinente es prudente, coligiéndolo de las proposiciones
ya arriba concedidas en la segunda manera de argumentar, desta suerte: Todo
varón prudente es virtuoso, ningún incontinente es virtuoso, luego ningún
incontinente es prudente.
Pero no es posible que un mismo hombre sea juntamente prudente y incontinente,
porque ya está demostrado que el que es prudente, es, juntamente, virtuoso en
las costumbres. Asimismo, no se dice uno prudente sólo por entender las cosas,
sino también por ponellas por obra. Pero el incontinente no pone por obra lo que
entiende. Pero el que es pronto en entender las cosas, bien puede ser incontinente,
y por esto parece algunas veces que algunos son prudentes y incontinentes, porque
la prontitud difiere de la prudencia de la manera que habemos dicho en las pasadas
razones, y en la razón son semejantes, pero en la elección difieren. Pero no difieren
como el que sabe la cosa y el que la considera, sino como o el que duerme o está
borracho, pero voluntariamente, porque en alguna manera entiende lo que hace y a
qué fin, pero malo no es, porque su elección no es buena. De manera que será medio
malo y no injusto, porque no hace mal sobre pensado. Porque de los incontinentes
uno no persevera en lo que deliberó, y el otro, que es el melancólico, ni aun se
puso a deliberar en alguna manera. Parece, pues, el incontinente a una ciudad que
determina bien las cosas que conviene, y tiene buenas leyes, pero de ninguna dellas
se sirve, como mordacemente dijo Anaxandrides:
Consulta la ciudad lo que conviene,
Y de la ley ningún cuidado tiene;
pero el malo es semejante a la ciudad que se rige por leyes, pero malas y injustas.
Consiste, pues, la incontinencia y la continencia en el exceso de los hábitos que
entre los hombres se hallan comúnmente, porque el continente persevera más y
el incontinente menos de lo que pueden perseverar los hombres comúnmente.
De las especies, pues, que hay de incontinencia, más fácil es de curar la de los
melancólicos que no la de los que deliberaron bien, pero no perseveran en ello,
y más fáciles son de remediar los que son incontinentes de costumbre, que los
que de su natural condición, porque más fácilmente se muda la costumbre que la naturaleza. Porque la costumbre por eso es dificultosa de mudar: porque es
semejante a la naturaleza, como dice Eveno:
La contemplación larga, amigo, digo
Que dura, y con el uso confirmada
Virtud ya de natura trae consigo.
Ya, pues, queda tratado qué cosa es la continencia y qué la incontinencia, qué la
perseverancia y qué la afeminación, y cómo se han éstos los unos con los otros.












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