Capítulo XII
Para qué sirve la sabiduría y la prudencia
El último fin del hombre probó al principio Aristóteles ser la felicidad, y que
todo lo que se había de tratar había de ir encaminado a este fin. Parece, pues, que
se ha divertido a cosas fuera deste propósito, como es a tratar destos hábitos del
entendimiento, algunos de los cuales no sirven para negocios, sino que consisten en sola contemplación; declara pues agora, qué conexión tiene esta materia con
la parte moral, y dice que pues el varón felice ha de ser perfecto, y estos hábitos
perficionan la parte del alma que es capaz de razón, conviene también que se
entiendan como las otras virtudes de la parte inferior que consisten en bien
acostumbrarse. A más que, entendido esto, importa para mejor poner por obra
los hábitos morales.
Preguntar alguno por ventura, ¿qué provecho acarrean estos hábitos de que
tratamos? Porque la sabiduría no considera cosas, de que felicidad ninguna al
hombre le proceda, pues las cosas que trata ni nacen ni fenecen. Pues la prudencia,
aunque tiene esto, qué necesidad tenemos della, pues consiste en las cosas que
al hombre le son justas y buenas, y estas mismas son las que el buen varón debe
hacer, y con sólo saberlas no nos hacemos más prontos en el ponerlas por la obra,
pues son las virtudes hábitos, así como vemos que acaece en lo que toca a la salud
y al tener buen hábito de cuerpo, lo cual no consiste en el tener hábito sino en el
obrarlo? Porque el ser uno médico o hábil en la lucha, no le hace más ejercitado y
pronto para conservar la salud y buen hábito de cuerpo. Y si decimos que, lo que
toca a la prudencia, no por los tales se ha de proponer, sino por los que se han de
hacer, a lo menos a los que ya lo son no les importará nada, y aun a los que no
lo son, pues será todo uno o tener ellos la prudencia o dejarse regir por los que la
tienen. Porque bastarnos ha en lo que toca a esto lo que nos basta en lo que toca
a la salud, en la cual, aunque holgamos de vivir sanos, no por eso aprendemos la
medicina. A más desto, parece cosa ajena de razón; que siendo la prudencia menos
perfecta que la sabiduría, sea más poderosa que aquélla, porque la que hace es la
que manda y ordena en cada cosa. Desto, pues, habemos de tratar, porque ésta es
la primera duda que acerca desto se propone. Primeramente, pues, habemos de
decir que estas virtudes de necesidad han de ser por su proprio valor escogidas y
preciadas. Porque siendo las unas y las otras virtudes de las partes del alma, en
cada una de la suya, aunque no sirviesen de nada, todas o cualesquiera dellas son
dignas de preciar. Cuanto más que sirven de algo, no tanto cuanto la medicina para
alcanzar la salud, sino como la salud es parte para alcanzar buen hábito de cuerpo,
así también la sabiduría para alcanzar la felicidad, porque siendo parte de la general
virtud, con su posesión y obrar hace dichoso al que la alcanza. Asimismo, la obra
se perficiona conforme a la prudencia y a la moral virtud, porque la moral virtud
propone el fin perfecto, y la prudencia los medios que para alcanzarlo se requieren.
Pero la cuarta parte del alma, que es la que toca al mantenimiento, no tiene tal
virtud como ésta, porque conforme a ella el alma ninguna cosa hace ni deja de
hacer. Pero cuanto a lo que se decía de que por la prudencia no nos hacemos más
prontos para tratar las cosas buenas y justas, habémoslo de tomar un poco de más
lejos, tomando este principio. Porque así como decimos que algunos que hacen
cosas justas no son aún por eso justos, como son los que hacen las cosas que están por leyes ordenadas, pero o por fuerza, o por imprudencia, o por otra alguna causa,
y no por respecto dellas mismas, aunque hacen lo que conviene, y lo que debe hacer
cualquier bueno, es pues necesario, según parece, para que uno sea bueno, que en
el hacer de cada cosa esté de cierta manera dispuesto. Quiero decir, que las haga de
su propria voluntad, y por sólo respecto de ellas mismas. De manera, que la buena
y recta elección hace la virtud, pero lo que para alcanzar aquélla se ha de hacer,
no toca a la virtud tratarlo, sino a otra facultad. Estas cosas, pues, habemos de
tratar, dándolas a entender más claramente. Hay, pues, una facultad que la llaman
comúnmente prontitud, la cual es de tal manera, que puede fácilmente hacer y
alcanzar las cosas que a algún fin propuesto pertenezcan. Esta prontitud, si el fin
propuesto es bueno, es cierto digna de alabanza, pero si malo, es mala maña. Y
por esto decimos también de los prudentes, que son prontos y mañosos. No es,
pues, esta prontitud la prudencia, pero no está sin ella la prudencia. Este tal hábito,
pues, imprímese en los ojos del alma no sin la virtud, como habemos dicho y es
cosa manifiesta. Porque los discursos de razón, que en los negocios se hacen, sus
principios tienen, pues el fin y el sumo bien, sea cualquiera, ha de ser de tal o tal
manera. Porque, pongamos por ejemplo que sea lo que primero a la mano nos venga;
esto tal a solo el buen varón parecerá bueno, porque la maldad pervierte el juicio, y
hace que se engañe acerca de los principios de las cosas que se traten. Muy claro,
pues, está, que es imposible ser uno prudente sin ser bueno.












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