Capítulo XIII

Capítulo XIII
De la natural virtud, y de la conexión y hermandad que hay entre las verdaderas
virtudes y la prudencia
Naturalmente hay en todos los hombres una inclinación a las cosas buenas, la
cual Dios puso en nosotros cuando formó la naturaleza humana. De do procede
que por malo que uno, se haya hecho con sus malos ejercicios, no puede dejar de
parecerle bien lo bueno. Hay también otra inclinación a las cosas malas, que nos
procedió de nuestro en la caída de la justicia original en que Dios crió los primeros
hombres. Estas dos inclinaciones comúnmente se hallan en los hombres, pero en
unos más vivas que en otros, y así unos con más facilidad que otros obran un acto
de virtud o vicio, de la misma manera que unos son más dóciles que otros de su
naturaleza. Estas inclinaciones son las que llama Aristóteles aquí virtudes naturales,
y las contrarias también se dirán vicios naturales, no porque absolutamente sean
las unas virtudes y las otras vicios, sino porque las unas inclinan a lo uno y las
otras a lo otro. Estas inclinaciones no hacen al hombre digno de alabanza ni de
vituperación, porque no proceden de propria elección, y se compadecen con los
hábitos contrarios. Porque bien puede uno ser bien inclinado de suyo, y o con
las ruines compañías, o con malos ejercicios, gastarse y hacerse malo. Y por el contrario, puede ser mal inclinado y con buen juicio, y forzando su mala inclinación
y ejercitándose bien, ser muy virtuoso, y en este tal la virtud será de muy mayor
quilate. Como se lee de Sócrates, que Zopiro, uno que se le entendía de fisiognomía,
dijo que era mujeriego y que tenía otras muchas faltas, siendo un hombre de vida
perfetísima, y él confesó tener aquellas inclinaciones naturales, pero que las había
adormecido con los contrarios ejercicios. Y esto es lo que dicen comúnmente,
que el sabio tiene más poder que las estrellas; destas, pues, trata en este capítulo
Aristóteles, y de la diferencia que hay dellas a las que son hábitos.
Otra vez, pues, habemos de tornar a tratar de la virtud. Porque la virtud casi
se ha de la misma manera que la prudencia se ha con la prontitud, que no es lo
mismo, pero parécele mucho. De la misma manera, pues, se ha la natural virtud con
la que lo es propriamente, porque en todos los hombres parece que, naturalmente,
en alguna manera cada un hábito consiste. Porque ya, desde nuestro nacimiento,
parece que tenemos una manera de justicia, de templanza y fortaleza, y de los demás
géneros de hábitos; pero con todo eso inquirimos otro que sea propriamente bien,
y que estas inclinaciones de otra manera consisten en nosotros, porque los hábitos
naturales en los niños y aun en las fieras los hallamos, pero éstas sin entendimiento
parecen perjudiciales. Lo cual en esto parece que se vee manifiestamente, que así
como acaece en un cuerpo robusto, que sin ver nada se mueve, que por faltarle la
vista de necesidad ha de dar gran caída, de la misma manera en el ánimo acaece.
Pero si entendimiento alcanzare, es diferente en el obrar. Pero el hábito que a
esta le parece, será entonces propriamente virtud. De manera que, así como en la
parte que consiste en opinión hay dos especies, prontitud y prudencia, de la misma
manera en la parte moral hay otras dos: una que es virtud natural y otra que lo es
propriamente, y ésta que lo es propriamente no se alcanza sin prudencia, y por esto
dicen que todas las virtudes son prudencias. Y así Sócrates en parte decía bien, y
en parte erraba: erraba en tener por opinión que todas las virtudes eran prudencias,
y acertaba en decir que no se alcanzaban sin prudencia. Lo cual se conoce en esto:
que hoy día, todos cuando difinen la virtud, añaden el hábito, y dicen a qué cosas
conforme a razón recta pertenece, y la recta razón es la que juzga la prudencia. Y
así parece que todos adevinan en cierta manera que semejante hábito es la virtud
conforme a la prudencia. Y aún podemos extenderlo un poco más y decir que la
virtud no solamente es hábito conforme, a recta razón, pero aun acompañado de
recta razón, y la recta razón destas cosas es la prudencia. Sócrates pues, tenía por
opinión que las virtudes eran razones, porque las hacía sciencias todas las virtudes,
pero nosotros decimos que son hábitos acompañados de razón. Consta, pues, de las
razones ya propuestas, que ninguno puede ser bueno propriamente sin prudencia,
ni prudente sin la virtud moral. Y la razón, con que alguno podría pretender que las
virtudes están apartadas las unas de las otras, podríase soltar desta manera. Que si
dice que un mismo hombre no es igualmente apto para todas las virtudes, y así terná la una a que es más apto antes de haber alcanzado la a que no es tanto, diremos que
eso acontece en las virtudes naturales, pero en aquellas por cuyo respecto se dice
un hombre absolutamente bueno, no acaece.
Porque siendo sola una la prudencia, han de estar con ella de necesidad. Y
aunque la prudencia no fuera virtud activa, consta que el alma tenía necesidad della
por ser virtud de una de sus partes, y porque no se puede hacer buena elección
sin prudencia, ni menos sin virtud, porque la virtud propone el fin, y la prudencia
pone por obra los medios que para alcanzarlo se requieren. Pero con todo eso,
ni es propria de la sciencia, ni tampoco de la parte mejor del ánimo, así como
tampoco la medicina es propria de la salud, porque la medicina no usa de la salud,
sino que considera cómo se alcanzará. Manda, pues, la medicina y da preceptos
por amor de la salud, pero no los da a la misma salud. Y es como si uno dijese
que la disciplina de la república es el señorío de los dioses, porque manda todo
lo que se ha de hacer en la ciudad,
Fin del sexto libro.

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