De las éticas o morales de Aristóteles escritos a Nicomaco, su hijo

De las éticas o morales de Aristóteles escritos a Nicomaco, su hijo, y por esto
llamados nicomaquios
Capítulo primero
Cuál es la recta razón y cuál es su difinición
En el primer capítulo declara ser la recta razón la que endereza las cosas al fin
perfeto, y obrar conforme a recta razón ser obrar conforme a lo que se requiere
para alcanzar el fin. Después propone las partes del alma, y declara ser una capaz
de razón y otra que carece della; y que de la que carece no se trata aquí, pues se
ha ya tratado en lo pasado; porque las virtudes morales consisten en esta parte que
carece de razón. Divide asimismo la parte que consiste en razón, en una que no cae
en consulta, que es la sciencia (porque ninguno consulta si dos veces dos hacen
cuatro, pues es cosa cierta), y otra que cae en consulta, que es la opinión. Estas
dos partes del ánimo no son así partes como la pierna y brazo son del cuerpo, pues
siendo el ánimo espíritu, no tiene cantidad ni partes desa manera, sino que son dos
facultades suyas, que se llaman partes por una manera de metáfora.
Pero por cuanto habemos dicho en lo pasado, que habemos de elegir el medio,
y no el exceso ni el defecto, y el medio es aquel que la recta razón dicta, conviene
que lo dividamos esto. Porque en todos los hábitos de que arriba se ha tratado,
hay alguna cosa puesta como por fin y blanco como en todas las demás, al cual,
teniendo ojo el que tiene la razón, tira o afloja. Hay, pues, término en las medianías,
que decimos que consisten entre el exceso y el defecto, y son regladas conforme a
recta razón. Y el decir esto es decir verdad, aunque no se pueda dar la demostración
dello. Porque en las demás consideraciones, de que tenemos sciencia, es verdad
decir que no se ha de hacer ni mayor ejercicio ni menor, ni se ha de reposar más
ni menos, sino que se ha de tomar el medio según que la recta razón aconsejare,
porque con solo esto tener uno, no ternía más que saber. Como si se preguntase
cuánto mantenimiento conviene dar al cuerpo, y respondiese uno que tanto cuanto manda la medicina y el hombre que en ella fuere docto. Por tanto, conviene que en
los hábitos del alma no sólo sea así verdad esto que se ha dicho, pero aun también
que se entienda clara y distinctamente cuál es la recta razón y cuál su difinición. Ya,
pues, dividimos las virtudes del alma, y unas dijimos que eran de la costumbre y
otras del entendimiento. De las morales, pues, ya habemos tratado. Tratemos, pues,
agora de las otras, disputando primero del alma desta suerte. Cuanto a lo primero,
pues, ya está, dicho cómo el alma tiene dos partes: una capaz de razón y otra que
carece della. Agora, pues, tratemos por la misma orden de la parte que es capaz
de razón, y presupongamos primero que hay dos maneras de cosas que consisten
en razón: una de aquellas cosas que vemos ser de tal manera, que sus principios
no pueden dejar de ser así, y otra de aquellas cuyos principios pueden ser de otra
manera. Porque para entender cosas de género diverso, también es menester que
haya parte de ánimo que sea de género diverso, y que sea conforme a lo que se ha
de entender, pues han de alcanzar el conocimiento de las cosas conforme a cierta
semejanza y propriedad que con ellas tengan. Llámese, pues, la una déstas scible
y la otra disputable, porque el consultar y el disputar, todo es una misma cosa.
Ninguno, pues, consulta lo que no puede ser de otra manera; de manera, que lo
consultable es una parte de las cosas que consisten en razón. Consideremos, pues,
cuál es el mejor hábito de cada parte destas, porque aquélla será su virtud, y la
virtud es la que le inclina a su propria obra.

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