Libro nono de las Éticas
O morales de Aristóteles, escritos a Nicomaco, su hijo, y por esto llamados
nicomaquios
Capítulo primero
En que se declara qué manera de cosas son las que conservan la amistad
Casi todo lo que este capítulo contiene está ya antes declarado y es como una
recopilación de lo dicho. Declara en él cómo la conservación de las amistades
consiste en entender cada uno lo que está obligado y debe hacer en ley de aquella
amistad que trata y poner lo tal por obra, y que el dejarlo de hacer es deshacer el
amistad, y que finalmente la disolución de la amistad sucede cuando en ella no se
alcanza lo que se pretendía, y esto en cualquier diferencia de amistad.
En todas las amistades diferentes en especie, lo que conserva la tal amistad es
la proporción, como ya está dicho, como en la compañía y contratación civil se le
da al zapatero por un par de zapatos el premio conforme a su merecimiento, y de
la misma manera al tejedor y a todos los demás. En tales cosas, pues, como éstas,
está ya puesto el dinero como por común medida, y todo se refiere a él y él lo tasa
todo. Pero en el amistad de los enamorados algunas veces el amador se queja de
que, amando él en extremo, no es recompensado con amor; y acontece ser esto
así por no tener el tal cosa alguna por donde merezca ser amado. Otras veces el
amado se queja de que, habiéndole hecho primero el amador largas ofertas, agora
no hace nada de lo prometido. Tales cosas como estas acaecen cuando el amador
ama al amado por su deleite, y el amado al amador por su provecho, y no sucede al
uno y al otro lo que pretendía. Porque como el amistad era por esto, deshácese el
amistad cuando no sucede aquello por cuya causa se amaron. Porque estos tales no
se amaban el uno al otro, sino lo que habla en el uno y en el otro, que eran cosasno
firmes ni seguras, y así ni tampoco lo eran las amistades dellos. Pero el amistad de
los hombres virtuosos, como cosa que en sí misma se funda, permanece, como ya está dicho arriba, aunque también discordan cuando al uno y al otro les suceden las
cosas diferentemente que pensaban, y no lo que apetecían; porque el no alcanzar
lo que se pretende es lo mismo que no hacer cosa ninguna, como el que prometía
premio al músico de cítara, y que cuanto mejor cantase mayor se lo daría, y al otro
día, de mañana, cuando le pidió las ofertas, le respondió que ya le había dado un
gusto en pago de otro. Si ambos, pues, pretendieran el deleite, quedaran, cierto,
satisfechos. Pero, pues, el uno buscaba su deleite y el otro su provecho, y el uno
había gozado del deleite, y el otro no del provecho, no se habían cumplido con
lo que al contrato se debía. Porque cada uno se allega a aquello de que se vee
necesitado, y da por ello lo que tiene. Pero, ¿a cuál de los dos toca el tasar el
valor y dignidad, al que da la cosa o al que la recibe? Porque el que la da parece
que la remite al arbitrio del que la recibe, como dicen que lo hacía Pitágoras, el
cual, cuando a uno le había enseñado alguna cosa, hacía que el discípulo mismo
la estimase, y juzgase de cuánto valor le parecía lo que había aprendido; y lo que
el discípulo tasaba, aquello mismo recebía. Pero en cosas como estas a algunos
bástales el vulgar dicho: cuál el varón, tal el jornal. Pero los que reciben dinero y
después no cumplen nada de lo que ofrecieron, por haber ofrecido cosas excesivas,
con razón son reprendidos, porque no hacen por la obra lo que prometieron de
palabra. Tal cosa como esta les es forzado, por ventura, hacer a los sofistas, porque,
por todo lo que ellos saben, ninguno les daría un real. Éstos, pues, con justa razón
son reprendidos, pues no hacen aquello por lo cual recibieron premio. Pero donde
no hay pacto expreso de servicio, los que por sí mismos dan alguna cosa, ya está
dicho que no están subjetos a quejas ni reprensiones, porque tal como ésta es el
amistad fundada en la virtud. Hase de dar, pues, el premio conforme a la libre
voluntad de cada uno, porque ésta es propria del amigo y de la virtud. Lo mismo
parece que acaece también a los que se comunican en la filosofía, cuya dignidad no
se tasa ni iguala con dinero, ni se les puede hacer honra que con su merecimiento
iguale. Pero bastarles ha, por ventura, que se les haga la que hacerse pueda, como
a los dioses y a los padres. Pero cuando el don no es desta manera, sino en algún
negocio particular, parece que en tal caso conviene, por ventura, que se dé por igual
el galardón, de manera que cuadre a la dignidad del que lo da y del que lo recibe.
Y si esto no se hace así, no solamente será cosa forzosa, pero aun también justa,
que el que dio el don tase el valor dél. Porque si el tal recibiese otro tanto cuanto
éste hubo de provecho, o en cuanto estimó el deleite, terná lo que conforme a la
dignidad del don o servicio mereció, porque en las compras y ventas así parece
que se hace. Y aun en algunas tierras hay leyes que mandan que sobre contractos
voluntarios no se funde pleito, casi dando a entender ser cosa conveniente que,
con aquel de quien confió, remate su contracto de la misma manera que lo hizo.
Porque se tiene por más justo que las cosas confiadas las estime aquel a quien se
le confiaron, que no aquel que las confió. Porque muchas cosas no las estiman igualmente los que las tienen y los que las quieren recebir. Porque lo que es proprio
de cada uno y lo que a otro alguno da, a cada uno le parece digno de mucha estima.
Pero con todo eso en semejantes cosas dase tanto galardón cuanto tasan los que las
reciben. Aunque, por ventura, conviene que se estime, no en cuanto la estima el
que lo tiene, sino en cuanto la estimaba antes de tenerla.












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